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UNAS NUEVAS GAFAS COMO RESISTENCIA CONTRA LA VIOLENCIA HACIA LAS PERSONAS REFUGIADAS.

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Aparcamos la furgoneta cerca de Kladušnica, a las afueras del centro de la ciudad. Unos quince minutos más tarde, sólo el curso del río rompe el silencio y estamos rodeados por un mar de estrellas. Estamos a punto de irnos, cuando vemos una figura que se dirige a paso rápido hacia nosotros.

Así es como conozco a D., que ha venido a recoger una chaqueta y un par de zapatos. Su aire extremadamente amable y algo torpe me intriga. Le cuesta hablar en inglés y se disculpa por ello; yo le correspondo diciendo que, por desgracia, mi urdu no va más allá de cuatro o cinco palabras. Viene de Pakistán, nació en el 97, y como queremos intercambiar algunas palabras más con él, intentamos usar el traductor de Google para hablar de lo que le trajo aquí.

Es entonces cuando me doy cuenta de que tiene serias dificultades para leer la pantalla. Nos explica que tiene problemas de vista. Descubro que durante el último «game», la policía fronteriza les quitó el dinero y el teléfono móvil a él y a otros dos chicos que intentaban cruzar con él. Además, me cuenta con palabras y gestos que los policías les golpearon por turnos, con patadas y rodillazos, y que por eso también se le rompieron las gafas. Por desgracia, no es la primera vez que le ocurre algo así. Le pido que se reúna de nuevo con nosotros al día siguiente ante el oftalmólogo, para que pueda obtener unas gafas.

D. fue el primero de su familia en salir de su país de origen. Partió en su odisea personal hace unos dos años, y durante el viaje para llegar aquí también intentó ganarse la vida sobre todo en Grecia y Turquía. Su rostro se ilumina cuando explica su profesión: durante varios años trabajó como pintor de obras, y eso es lo que le gustaría seguir haciendo cuando llegue a Alemania.

Trabajar e intentar enviar el máximo de remesas a su familia, ese es su sueño ahora. Vuelvo a pensar en su cara, en su forma educada y relajada de comunicarse y, una vez más, por desgracia, en el «recibimiento» que le reservó la policía. Por enésima vez me pregunto cómo es posible que Europa, intencionadamente, deje pasar todo esto sin reaccionar, a D. y a las otras muchas personas que cruzan estas tierras.

La buena noticia es que el 4 de marzo, D., por fin, podrá volver a tener unas gafas y seguir esperando lo mejor para su viaje. Gracias a todos por vuestro apoyo fundamental.